Pedro San José “Experiencia del Silencio”

Pedro

Practico el zen desde hace 24 años. La palabra meditación es confusa y es usada por el conocimiento coloquial de la misma. Suele entenderse que “meditar” es “reflexionar profundamente para sacar conclusiones” y esto no es lo que hacemos. La práctica del Zen es el cambio de visión desde la identificación mental con un yo racional como eje de la vida humana, a una experiencia transpersonal en la que se pone en tela de juicio, no nuestra mente como un valioso instrumento del que nos ha dotado la evolución, sino de que nosotros seamos eso – solo eso -, y que por tanto seamos individuos separados que han de regirse por sus deseos y necesidades individuales. El individualismo es la enfermedad actual de la estirpe humana, que le lleva a la competición egoísta, y por tanto a la separación, el odio, la violencia, los celos, las envidias, la avaricia, la intolerancia y la xenofobia, que son las enfermedades del ser humano que llevan al sufrimiento y pueden destruirnos. Nosotros creemos que esto es falso de raíz. No somos seres separados, no somos ese yo aislado en el universo. Esto no es un acto de fe, sino el resultado de la experiencia en la práctica del zen.

 La práctica del Zen sentado (zazen) es la práctica del silencio en la que nos hacemos realmente presentes a la existencia, cuando las referencias de identificación (el cuerpo, las sensaciones, las emociones, los pensamientos y la conciencia) se silencian, o se pierde la identificación con los mismos. Con esta práctica, que lleva a “olvidar” la identificación con un yo individual, vivimos la experiencia de comunión con todos los seres, por lo que un autor místico lo llama la práctica del amor contemplativo. Debe practicarse tantas veces como puedas. Una buena forma para los que empiezan es una o dos veces al día, un tiempo mas largo una vez por semana, un día al mes y una semana al año. Este es nuestro consejo desde “Nube Vacía”, que es nuestra escuela de Zen.

  “Nube Vacía” es la línea de zen en Occidente fundada por Willigis Jáger, maestro fundador de zen y de contemplación, que intenta recoger la sabiduría esencial que nos llega de Oriente junto con la experiencia heredada de los místicos europeos, aunando lo que es patrimonio de la humanidad: la experiencia de trascendencia del yo egoico para una nueva conciencia humana y para la transformación de las bases de nuestra sociedad.

El principiante ha de ser guiado, pues el salto en la conciencia es tan radical que puede encontrarse y seguro se encontrará en confusión y perdida. Por ello acercarse a la práctica del zen ha de incluir un espíritu sencillo y una conciencia de principiante (no de ignorante, sino de alguien que continuamente “empieza”). Lo primero es revisar si la persona ha realizado sus tareas humanas, esto es, ha resuelto básicamente sus neurosis y curado las heridas que le permiten llegar a ser una persona sana. Esto es importante pues la práctica del zen, que pone en tela de juicio la propia existencia, puede no estar recomendada para personas que sufren de problemas importantes de salud mental. Este discernimiento debe hacerlo un guía en el que la persona confíe.

Si esto es así se comienza aprendiendo la “meditación” de quietud, esto es aprender el silencio del cuerpo y de la mente, a través de la práctica de la focalización, común a muchas tradiciones espirituales, aunque el método puede variar, seguido de la práctica de Presencia. Se realizan periodos de práctica del silencio recomendando al practicante que practique diariamente. Se recomienda también la práctica en grupo, como forma de romper la tendencia a la individualidad. Se practica a solas, pero acompañado de todos los seres. Y así se avanza.

El sufrimiento es el resultado  de nuestras tendencias posesivas, de nuestra avaricia y nuestra tendencia a acumular, que lleva a los celos, a la neurosis de posesión, al materialismo, a la envidia y a la desigualdad entre los que mucho tienen y los que tienen poco. Nuestro rechazo del que es diferente lleva a la xenofobia, a la exclusión, a la violencia y a la división entre los seres. Nuestra ignorancia y confusión lleva a la intolerancia, a los dogmatismos, y a las luchas ideológicas y de religión.

La experiencia de quien realmente somos: no seres individuales separados, sino una misma realidad sin límites ni fronteras, sin separaciones y sin principio ni fin, nos permitirá soltar aquello a lo que nos apegamos, aquello que consideramos yo o consideramos “ mío”. Nos permitirá disfrutar de la vida para luego soltarla, y esto supondrá la superación del sufrimiento.

La evolución del ser humano es un proceso de superación e integración de la mente egoica para la adquisición de una mente cósmica, global, guiada por el bien de todos los seres, y la desaparición de las enfermedades humanas actuales: el “yoismo” y el “mismo”

. Se adquiere conciencia global, que implica que los deseos y necesidades propias son los del mundo. Por ello la primera experiencia del practicante despierto puede ser de profundo dolor, ya que le duele el sufrimiento del mundo, de aquellos que ya no son los otros, al haber caído las barreras. Por ello un practicante de las tradiciones espirituales autentico, habrá de convertirse en un practicante social, que dedica sus esfuerzos a ayudar y  participar con todos los seres, empezando por los más próximos.

Es evidente que el encuentro con el Amado, como citan los místicos de la diferentes tradiciones, que es lo mismo que decir la ruptura de la identificación individual, es una continua fuente de gozo sereno, de vivir, quizás por primera vez, en la plenitud de la existencia. Pero la meditación no es una “fórmula mágica” para la felicidad individual.

La palabra espiritualidad puede también ser fuente de confusión. Espiritualidad es la transcendencia desde la mente egoica racional hacia lo transpersonal, e implica una experiencia real en esta vida, en nuestra cotidianidad.  No entiendo, como muchos hacen, la práctica espiritual como una fe religiosa en el alma y en la esperanza en otra vida alternativa en el más allá. Nuestra raíz es que solo existe una vida, que solo existe una existencia, un ser, una realización. La preocupación del Buda fue como resolver el drama del sufrimiento humano. La revolución espiritual de Jesús de Nazaret fue guiada por la contemplación del sufrimiento humano en los pobres de Galilea. Por ello nuestra práctica ha de estar incardinada en la cotidianidad, en nuestra actividad cotidiana, o se convertirá en una hipocresía y un escapismo de nuestra realidad.

Estoy en contra de atribuir a la práctica espiritual un carácter finalista, de metas y objetivos, a lo que está acostumbrada la mente occidental. Siempre que hacemos algo nos preguntamos “¿para qué sirve?” y así nos volvemos negociantes de nuestra existencia. Yo preguntaría pues”¿para qué sirve el amor? ¿Para qué sirve la felicidad?” Los actos más sinceros, más completos de la existencia son gratuitos, aunque alguien diría, “…pero no superfluos”. Así la práctica del zen en la cotidianidad, ejercitada a través de la práctica de la atención plena, de la ruptura de barreras y limites, de la espontaneidad ecuánime en lo que acontece en este momento, es una forma de vivir y de ser, que a fin de cuentas es la única forma de vivir y de ser.

Por supuesto que con esta práctica la persona esta mas en paz, descubre una alegría gozosa y serena por vivir y no anda buscando sombras, amenazas y fantasmas. Pero esto es consecuencia y no la meta de nada.

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